En un pasaje del ensayo “Radiografía de la pampa”, Ezequiel Martínez Estrada intenta diferenciar a América respecto de Europa usando la frase “Acá somos más geográficos que históricos”. ¿Sometamos esa afirmación a la prueba de la blancura? Le invito a mirar el collage acá compartido: en la esquina izquierda, con un peso histórico de 70 años, tenemos a Caleta Tortel y en la esquina derecha, pesando casi 1.600 años, tenemos a Venecia.
Ambos púgiles presentan una insalvable diferencia de edad; sin embargo, tienen un denominador común. Incrustada en los fiordos de nuestra carretera austral, encontramos a Caleta Tortel. Este pequeño poblado le debe su existencia a un asunto mitad botánico, mitad técnico: la disponibilidad de ciprés de las Guaitecas y la gran resistencia al agua que ofrece su madera.
Una sólida y, al mismo tiempo, delicada red de pasarelas de ciprés vertebra a este poblado sumergido en la Patagonia chilena y, en esa aparente contraposición de solidez/delicadeza, reside su prosperidad.
Al tocar el suelo con cuidado, Caleta Tortel interfiere ínfimamente el medioambiente que debió modificar. Esta actuación atinada ha posibilitado que el escurrimiento de aguas se mantenga idéntico a los tiempos en que el poblado no existía: una cátedra sobre la manoseada etiqueta “huella de carbono neutral”.
Si cruzamos el charco para caer en el lago, nos topamos con Venecia. Esta joya urbana se construyó íntegramente sobre una laguna, al hincar millones de troncos usando solo fuerza bruta, a punta de voluntad. La pega era así: 2 operarios usaban un apisonador manual para enterrar una estaca a la vez; al tener decenas de pilotes incrustados, los amarraban con hierro para luego coronarlos con rocas. Sobre ese basamento levantaron los edificios que vemos en la postal.
Cuando Venecia nos demuestra que “sí se puede”, Caleta Tortel revela el “cómo se debe”. ¿Quiero decir que Pichilemu deba construirse sobre pilotes? No. ¿Estoy deslizando que no debe intervenirse el borde? Tampoco. El propósito es demostrar, con evidencia histórica, que hay alternativas posibles y (sobre todo) viables.
El diseño de ciudad puede renunciar a cualquier cosa salvo a la pertinencia. ¿Cuál es el gran desafío urbano de Pichilemu? ¿Cómo evitar dilapidar su futuro ambiental por ganar unos pesos hoy? ¿Cómo debe guiarse su crecimiento sin afectar la mano (ecológica) que le da de comer?
Como puede ver, aunque son preguntas directas y prosaicas, resulta difícil responderlas. Téngase el conjunto “A”: Olas, agua, vistas, flora, fauna y téngase el conjunto “B”: Inversión, desarrollo, densificación, capital, turismo. Mientras más elementos comunes resulten de la intersección de “A” y “B”, más posibilidades tiene Pichilemu de resistir y persistir.
Le invito a refrescar la mirada y echar un vistazo por el retrovisor civilizatorio: ahí está Caleta Tortel y Venecia; tan distintas como podríamos imaginar, pero ambas fruto de un rigor arcaico.
Carlos Candia Campano











