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La indignidad como política exterior de Estado

El embajador de EE.UU. en Chile, Brandon Judd, y el presidente de la república, José Antonio Kast, en junio pasado.

La diplomacia chilena, históricamente reconocida en el concierto internacional por su sobriedad, su estricto apego al derecho y su visión de Estado a largo plazo, atraviesa hoy uno de los períodos más oscuros y bochornosos de su historia republicana. Lo que alguna vez fue una política exterior conducida con pragmatismo y dignidad, parece haberse transformado bajo la actual administración del presidente José Antonio Kast en un ejercicio de alarmante servilismo, donde los intereses de la nación se subordinan sistemáticamente a las afinidades ideológicas del gobierno de turno y a los aplausos fáciles de cumbres foráneas.

Observamos con profundo estupor cómo el peso institucional de Chile se desmorona en el extranjero y, lo que es aún más grave, dentro de nuestras propias fronteras. Los recientes episodios que han acaparado la agenda exterior no solo revelan una preocupante falta de visión geopolítica, sino que exponen una indignidad inaceptable para un país soberano.

El primer acto de este concierto de equivocaciones tuvo lugar durante la breve pero controvertida visita del mandatario argentino, Javier Milei, al Palacio de La Moneda. El Gobierno ha intentado vender a la opinión pública como un triunfo diplomático sin precedentes el hecho de que la Casa Rosada reconozca nuestra soberanía sobre el Estrecho de Magallanes. Celebrar esto como un logro es, en el mejor de los casos, una ingenuidad, y en el peor, una negligencia. La soberanía chilena sobre el Estrecho es una realidad jurídica e histórica innegociable, zanjada hace más de un siglo.

Sin embargo, el precio a pagar por esta obviedad fue altísimo. En la declaración conjunta, Chile cedió de manera insólita y gratuita su respaldo oficial a la pretensión argentina sobre las Islas Falklands o Malvinas. Con un plumazo irresponsable, hipotecamos nuestra histórica y estratégica prudencia frente al Reino Unido —un socio comercial y militar clave— y nos inmiscuimos en un conflicto ajeno de altísima tensión internacional. Todo esto, a cambio de la mera «promesa» de modificar el decreto argentino 457 que establecía un control conjunto de los mares. Tranzar nuestro capital geopolítico y tensionar alianzas históricas a cambio de concesiones apresuradas no es pragmatismo; es debilidad pura y dura.

Pero la claudicación diplomática alcanzó niveles intolerables durante el «Foro de Madrid», celebrado recientemente en el barrio alto de la capital. Bajo la mirada complaciente, el auspicio y el silencio cómplice del Ejecutivo chileno, el presidente argentino utilizó nuestro territorio para desatar un discurso cargado de odio e intromisión inaceptable en los asuntos internos de nuestra República.

Que un jefe de Estado extranjero se permita usar los micrófonos en Santiago para calificar a sus adversarios políticos chilenos de «zurdos mugrosos negadores de la realidad» cruza todas las líneas rojas del respeto diplomático. Peor aún fue su atrevimiento al reescribir nuestra historia reciente, celebrando abiertamente el quiebre de nuestra democracia al afirmar que “tras el derrocamiento del comunista Allende, Chile entró en un período de estabilidad y crecimiento”.

Avalar con la omisión que un mandatario foráneo insulte a compatriotas, falte el respeto a la memoria de un Presidente de la República elegido democráticamente y ensalce un golpe de Estado frente a las propias autoridades chilenas, es la cúspide de la indignidad. La soberanía no solo se defiende en las fronteras territoriales, sino también en el respeto a nuestras instituciones y nuestra historia. El silencio del Presidente de la República ante esta afrenta lo convierte en cómplice de la denigración de su propio país.

Por si la sumisión ante la Casa Rosada no fuera suficiente, la humillación se completó desde el hemisferio norte. Las recientes declaraciones del embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, resultan derechamente escandalosas. Durante el mismo foro político, el diplomático se jactó públicamente de que en nuestro país se está aplicando la llamada «Doctrina Donroe» —una reinvención de la anacrónica Doctrina Monroe, ahora bajo el alero del extremista que hoy gobierna el país norteamericano, Donald Trump y su «Escudo de las Américas»—.

Con un tono que oscila entre el paternalismo y el descaro, Judd afirmó con total soltura que “cuando tenemos administraciones como la del Presidente Kast, se vuelve algo muy fácil”, agregando entre risas que “Chile está ejerciendo la Doctrina Donroe mientras estamos hablando”. Estas palabras son una bofetada al respeto propio. El embajador nos trata como a un experimento dócil, un vasallo dispuesto a acatar sin chistar las órdenes de Washington sobre el control de nuestras inversiones, nuestras fronteras y nuestra seguridad, aislando a competidores extranjeros para complacer a Estados Unidos.

La paradoja más dolorosa de esta actitud genuflexa quedó en evidencia casi en simultáneo: mientras Chile entrega su autonomía y se cuadra dócilmente ante las exigencias estadounidenses, el Secretario de Estado de Estados Unidos decidió excluir a nuestro país de su inminente gira sudamericana, prefiriendo aterrizar en Perú, Colombia y Ecuador. Es el destino clásico del que no se hace valer. Entregamos todo a cambio de nada, y ni siquiera obtenemos el respeto diplomático de nuestros supuestos aliados.

Desde las provincias, miramos este espectáculo con profundo rechazo. El verdadero patriotismo no se demuestra vociferando consignas nacionalistas mientras, a puertas cerradas, se entrega la dignidad del Estado a líderes extranjeros. La verdadera soberanía exige una política exterior con columna vertebral, capaz de defender los intereses de Chile sin importar quién esté en la Casa Blanca o en la Casa Rosada. Tranzar el respeto a nuestra historia, a nuestros ciudadanos y a nuestras decisiones soberanas a cambio de las simpatías ideológicas de turno es, sencillamente, una vergüenza nacional que costará décadas reparar.

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