La foto anaranjada en la cual unos trabajadores entierran pilotes en la arena, originalmente era más gris. Exageré su color para que se hermanara mejor con aquella que muestra la osamenta del muelle en el atardecer de Llico. Mientras escribía estas líneas, imaginé que los fierros corroídos que hoy absorben la sal de las olas, misteriosamente, le traspasaron su óxido rojizo a su vecina, como un caldillo colorido en el cual se funden obreros, roqueríos y acero reluciente.
Las fotografías en blanco y negro tienen el toque mágico de “Las uvas de la ira”, película con la cual John Ford ganó un premio Óscar al mejor director. Se la recomiendo, ya que entrega un aspecto poco conocido de la historia de los Estados Unidos; por otra parte, la actuación de Henry Fonda, con toda su vieja escuela, vale la pena. Pero regresemos al artículo, en especial a las fotografías que ordenan este escrito.
Es necesario comentar (y resaltar) que todas las imágenes, excepto la de esta infraestructura en su estado actual, se obtuvieron del libro “Muelle de Llico”, escrito por Aníbal Muñoz. Ese documento es un hermoso registro de esta historia que posibilitó que esta obra de metal y madera resistiera tantos años.
En las fotos pequeñas usted puede ver bueyes, algunos tirando carretas en medio de las olas y otros arrastrándolas por una curva cualquiera de nuestra cordillera de la costa, y es que el traslado de los materiales se llevó a cabo en distinto formato y a la velocidad que cada medio de transporte predefinía en un mundo mucho más lento que el actual.
¿Dónde surge Pichilemu como actor en este reparto? Su aparición en escena se da por ausencia: inicialmente, la costa pichilemina recibiría el acero que venía por mar desde Valparaíso, en donde los rieles fueron fabricados, pero, por falta de profundidad, la embarcación tuvo que descargar en Talcahuano. En ese puerto, el acero fue subido a un tren y trasladado hasta la localidad de Población. Desde allí, durante más de dos semanas, carretas de bueyes provenientes de Nilahue y Vichuquén arrastraron la pesada carga hasta el sitio de construcción.
Hace poco vi una publicidad de galpones fabricados en China: “Elija su modelo hoy y lo tendrá en 4 semanas en Chile”. No tengo nada en contra de la globalización, pero siento que amenaza con la perdida de todo sabor particular, de toda sazón que un caso específico puede aportar.
Regresemos a la fotografía tintada por el misterioso caldillo. Los obreros hincan los pilotes el año 1893. ¿Habrán soñado que menos de siglo y medio más tarde estarían siendo reemplazados por robots? ¿Ese elegante ingeniero, plano en la mano, habrá pensado que su profesión sería amenazada por la inteligencia artificial?
Cuesta (y a la vez duele) pensar que todo ese esfuerzo humano y animal se redujo a una ruina en el borde el mar. El océano Pacífico, ola tras ola y muy a su manera, se ha dedicado a “construir” un vestigio rojizo.
Carlos Candia Campano








