Dos-Treinta-Y-Siete de la madrugada marca el reloj de mi cocina; ha sido un día largo, pero debo cuadrar el círculo. Desenredo la hebra que, intuyo, hará de guía hasta el libro que hoy persigo, ese libro que quiero leer.
Asalto mi cafetera por si la grieta del estanque me roba la nafta: me siento como un camionero que avanza por Alaska, de noche blanca y ruta helada. No manejo un tráiler, voy a bordo de un rompehielos con acoplado, calibrando a cada momento su timón. A bordo de mi cabina, lo que intento es que el témpano que busco no escuche mi motor.
El iceberg secreto que persigo se titula “El Invitado”. Lo escribió María Urzúa Casas-Cordero, imprimiéndose el 25 de junio de 1973 en Santiago de Chile. Buena fecha para abrir la puerta del frigider y soltar el aviso que congelaría al país: una especie de piedra esmerilada extraída desde el suelo por un esquimal, como descubrimiento casual cuando solamente buscaba cortar el primer bloque de hielo para levantar su iglú en medio de la ventisca.
Hurgo un poema de esta autora, abro la compuerta y dejo espumar un solo verso en esta línea de la rompiente: “Y la danza del ceibo enardece la llama que incendia la montaña a orilla del sueño”.
María Urzúa también recorrió el mar a bordo de libros que se apoyaron en objetos conocidos: a “La isla de los gatos” publicada en 1960 por Editorial Mazorca se suman los cuentos reunidos en “Alta Marea” liberándose del arpón criollista para ornamentar un clavado profundo al lenguaje, saltando desde un trampolín de provincias.
Seguiré deshilachando, grano a grano esta madeja, caminando por la orilla del sueño para encontrar las vertientes del fraseo de María, narradora nacida en San Fernando, capital de la Provincia de Colch-agua.
Carlos Candia Campano









