Los 13 cuentos que componen este libro escrito por Baldomero Lillo hablan de las peripecias de mujeres y hombres que trabajan bajo el sol. Grupos de obreros, campesinos y mariscadoras que intentaban labrarse una vida en la ruralidad chilena, cuando el país construía puentes y túneles que abrían paso al ferrocarril.
Cuando Sub-Terra habla desde el naturalismo social, Sub-Sole ensaya el género fantástico; de hecho, Lillo fue un buen lector de Edgar Allan Poe y, si bien entre estos 13 cuentos no hay gatos negros ni escarabajos de oro, sí está el suspenso y la claustrofobia.
Mientras buscaba estas imágenes, pensé que Edgar Allan Poe escribió la historia del Ramal Ferroviario San Fernando-Pichilemu. Imaginé que con su pluma fue hilando el destino de infraestructuras manufacturadas entre Marchigüe y Palmilla.
No lo vi en una taberna de Fells Point, ni caminando por las líneas de tren de los muelles de Baltimore; su espectro se me apareció encorvado y mirando la tornamesa de la Estación Palmilla. Negaba con la cabeza al notar cuánta basura había alrededor de esa estructura de acero… Veo la foto y da pena: probablemente esa tornamesita se construyó directamente en el terreno, a diferencia de su pariente grande de Pichilemu, que fue ensamblada en los astilleros de Valdivia, 50 años más tarde.
Pero el absurdo no queda ahí. Mi punto es simple, señora y señor lector, no apelo a la cultura ni al respeto, sino a la pérdida de esa gran magnitud de energía humana invertida: justo entre las comunas de Marchigüe y Pichilemu se construyó, desde 1900 a 1904, el túnel “El Árbol”. A pala y picota fueron perforados 2 kilómetros de cerro, excavando desde ambos extremos buscando encontrarse al centro. ¿Sabe cuál fue el margen de error? 8 centímetros.
Supongo que, al declararlo como Monumento Nacional el año 1993, se puso en valor ese esfuerzo y precisión conseguida a campo abierto, bajo el sol. La paradoja es que ese mismo año (1993) otra obra de este ramal, la Estación Cardonal, quedó abandonada al ser paralizado el servicio de carga.
¿Cómo es posible que, el mismo año, se valore el patrimonio y, en simultáneo, se lo deje a la deriva?
Considero a Baldomero Lillo una especie de pararrayos. Junto con detectar niveles evidentes y soterrados de malestar, pudo anticipar eventos futuros. Pienso en su relato “El rapto del sol”, escrito 3 años después de inaugurado el túnel El Árbol. Me sorprende su capacidad anticipatoria.
¿Acaso el binomio Lillo-Poe conforma una suerte de oráculo?
Miro el mosaico con estas fotos y me arrepiento… ¿Me arrepiento de haber escrito esto? No. ¿Me arrepiento del tema enfocado por el texto? Tampoco. Me arrepiento de su título: debí nombrarlo “El rapto de la memoria”.
Carlos Candia Campano









