“Capitán, estoy seguro de que las totoras más altas funcionan como antenas transmisoras de señal”
“Con todo respeto, los huevos que anidan en la Provincia de Cardenal Caro también merecen su protección, señor”
Esas son las frases que Philip desliza mientras inclino el termo para ofrecerle algo de café. Le comento que una bandada de gaviotas acaba de aterrizar en los morros, pero él no se anima a soltar la tabla que encera. No quiere voltear.
“Cuando le dije eso al Capitán de Puerto, sonrió y se ofreció a acompañarme hasta la salida. Me dio un apretón de manos mientras bajo su bigote se deslizaba un: Hacen falta más ciudadanos sensatos como usted, señor Dick”
Tomamos una que otra buena ola y volvimos a la orilla. Philip abrió su mochila, de entre las páginas de un libro sacó fotos del Humedal La Vega de Pupuya, lo cerró y en las viejas tapas pude leer “Hugo Correa Márquez – Curepto”
Antes del primer sol, “Gringuitvs” aún dormía y yo atizaba el fuego; caí en la tentación, di unos pasos hasta abrir la novela de Don Hugo. Encontré un folio de papel lija del grano más grueso, ese que usan los carpinteros de Cahuil para someter sus vigas. Era muy antiguo y a pesar del desgaste raspé la yema de mis dedos. Los dibujos que encontré al reverso anestesiaron la picazón.
Las líneas ondulantes lo tapizaban todo, salvo el borde en donde las guillotinas industriales solían actuar.
“Los Ángeles, USA, 1975”, di un último sorbo al café, bajé un poco los ojos y a tinta roja lo encontré: Circunnavegando los morros / Octubre de 2026 / Bradbury tenía razón.
Carlos Candia Campano









