Pude ver el gol encaramado al eucalipto que estaba justo detrás del arco, no cabía nadie más. Todos querían ver a Sergio Livingstone, pero “El Centolla”, ñato avispado, empuñó tierra y cuando el wing izquierdo sacó un centro con chanfle hacia el punto penal, ¡zuuum! a los ojos se la tiró. Era 1949, faltaba un año para el Maracanazo de los uruguayos y Chile era muy pobre, amigo mío, era otro país; todavía ni soñábamos con hacer el Mundial del 62.
Yo quería ser como el Livingstone; entrenaba harto y mi viejo me regaló una pelota. Usted no me creería lo dura que era; con los pelusones la bautizamos “la piedra”. Nadie quería jugar al arco con tal de no comerse un peñascazo, pero en los córner yo hasta la puñeteaba, como el Livingstone, saltando como sapo.
Una noche, mi viejo llegó con trago, me pidió que nos sentáramos y me contó que esa pelota la habían hecho en la cana, que la había cosido su taita, o sea, mi abuelo. Mientras caminaba hacia el calabozo, me concentré en el eco de mis zapatillas; sentí olor a colonia inglesa, giré la cabeza y lo vi de pie, alto y maceteado junto a la silla. El gendarme le dijo: “Buzo Uzcudun, tiene visita”. Entré a la celda y pidió que me sentara. “Gracias por la pelota”, le dije; me miró fijo: “Te pareces a tu mamá”.
Al inicio iba semana por medio, pero terminé yendo cada día. Me preguntó si quería aprender; le respondí desenfundando un puñetazo al aire. “Tu propia sombra es lo que más importa”.
Hablé con el presidente del Club Unión Pichilemu, donde yo atajaba; el hombre conocía al alcaide y nos dieron autorización: “Solamente una hora diaria y con centinela”. Durante un descanso, relamiéndose después de comerse el sánguche que le preparé esa mañana, murmuró: “En el País Vasco entrenábamos cortando leña y levantando piedras”. Lo miré incrédulo y le pregunté: “¿Por eso me la hiciste tan pesada?”. Sonrió, buscó chocar mis guantes y soltó: “Serás el próximo Primo Carnera, mi chiquillo. ¡A pelear!”
Con los años supe que escapó de la guerra civil española, que llegó a Valparaíso y luego a Bucalemu, para sufrirla como cargador de luche. Con los años también supe que no alcanzó a verme en el ring cuando se trizó mi suerte. Quien ganaba esa pelea viajaba a los Olímpicos de Melbourne 56. Esa noche yo me movía bien, el Ramón estaba cansado y ya lo estaba dominando con mi jab. Justo cuando tenía contra las cuerdas al minero Tapia, de repente, ¡crack! Dos falanges descoyuntadas.
Un parroquiano estira el diario, mi taita lo agarra y me enrostra la foto con un podio “¿Quién iba a pensar que el bolchevique lo zumbaría en el primero?”. “Es verdad”, le respondí “Pero, también es verdad que estar ahí vale toda la plata del mundo”.
Me acurruqué en mi esquina, usé el yeso como descorchador y serví otro asalto de vino.
Carlos Candia Campano









