En el cuento “La compuerta número 12”, Baldomero Lillo muestra cómo un niño se transforma en engranaje de la máquina extractora de carbón en Lota.
Señora y señor lector, disfruto preparar estos mosaicos de imágenes para usted y creo que ese gusto tiene dos raíces. La primera implica encarar el desafío de comunicar, de dar a leer, cosa que se me hace difícil e interesante. La segunda descansa en que cada texto me obliga a ligar temas (en principio) aislados.
Cuando preparaba este mosaico, en mi mente surgió la palabra “brutalidad” y, al poco rato, la palabra “belleza”. Brutal fue la vida de miles de mineros del carbón, descrita en detalle por Baldomero Lillo en “Sub-Terra”. Por otra parte, está la belleza del paisaje chileno. Escribiendo este texto y el anterior, he podido entender los secretos “soterrados” que modelaron la epidermis de rocas, costas y montañas que son visibles a nuestros ojos.
La fotografía grande nos muestra a los “Espolones del Brujo”, ubicados a unos 180 kilómetros al oriente de Pichilemu. Es difícil de creer que a una distancia así de breve existan esas torres de granito y la hermosa piedra laja verdosa, que vemos salpicadas por olas de una playa de Infiernillo.
Esa diversidad de paisaje se explica por el proceso de “Sub-ducción” revisado en el artículo anterior. El hundimiento de la placa oceánica bajo la placa continental produjo distintas frecuencias de “arrugas” en la sección transversal de Chile, esculpiendo nuestra geografía.
Pero esa diversidad no solo se da entre la costa, el valle y la cordillera; también los sectores costeros a lo largo del país muestran variaciones que fueron consecuencia de matices de esta sub-ducción. Cuando en Pichilemu las altas presiones de las placas produjeron la piedra laja que fue emergiendo con los siglos, en Lota, dada la presencia de bosques milenarios enterrados como pantanos catacúmbicos, se produjo leña a gran presión y con altos niveles de carbono.
Eso explica la abundancia de yacimientos y el pasado auge económico de Lota. No deja de impresionarme cómo condiciones dadas por la naturaleza perfilan la vida de nuestra “geografía social”.
Cuando el cuento “La compuerta número 12” habla de ausencia de infancia, “El chiflón del diablo” relata la tragedia de una pobre familia, debido a la codicia y al callejón sin salida al que se enfrenta “Cabeza de cobre” al internarse en una letal mina submarina para pirquinear carbón a 800 metros bajo el nivel del mar.
Si me permite hablar personalmente, creo que la literatura nos puede salvar de esta vorágine de productividad e inteligencia artificial. Su capacidad para (por ejemplo) aprender de nuestra historia y mirar hacia el futuro informadamente, podría ayudarnos a corregir el curso.
Recuerdo un audio en el cual se escucha la voz de Roberto Bolaño diciendo “…hay que releer a Borges otra vez”. Tomándome de esa liana y a riesgo de equivocarme, me permito decir “…hay que releer a Lillo otra vez”.
Carlos Candia Campano









