La mano que usted ve sostiene un trozo de “diorita”, mineral compuesto por magma volcánico que, en su intento por emerger a la superficie terrestre, quedó atrapado entre dos capas rocosas, enfriándose durante millones de años y agenciándose una dureza descomunal.
No exagero al decirle que esta piedra es responsable de sostener un aspecto de la identidad de Pichilemu, contribuyendo a preservar una de las postales más globalizadas del “bosque pequeño”.
Siempre me ha parecido precioso cómo Junichiro Tanizaki, en su “Elogio de la sombra”, explica el modo en que una restricción técnica cristalizó una postal cultural del Japón: para proteger la estructura de madera de los templos, se extendieron largos aleros que bañaron de penumbra los recintos interiores. Con el propósito de que el maquillaje fuese visible en medio de esa sombra, las mujeres blanqueaban su rostro antes de aplicar color, consiguiendo el necesario y coqueto contraste.
Cuando vemos a una mujer maquillada de tal guisa, pensamos automáticamente en una japonesa, del mismo modo que al ver dos morros en una playa chilena pensamos en Punta de Lobos. El que esos riscos todavía resistan la erosión de unas de las mejores olas del cono sur también tiene una explicación técnica; de hecho, es científica: el proceso de sub-ducción.
A lo largo de toda la costa sudamericana hay dos estratos tectónicos en constante roce. Desde hace millones de años, la placa oceánica pasa por debajo de la placa continental (eso es sub-ducción) y producto de esa frotación, la capa oceánica, habiendo soportado presiones y temperaturas grandes, liberó agua hacia arriba. Esa suerte de “sudor geológico” se mezcló con la composición rocosa de la capa continental, formando la diorita.
La presión por sub-ducción, produjo el levantamiento tectónico del continente. El viento y el agua de Pichilemu han desgastado las rocas superficiales, desnudando a esta piedra estructuralmente resistente.
La dupla de morros está compuesta principalmente por “esquistos” que, dicho en simple, corresponden a la piedra laja, mucho más blanda y maleable. Pero esas capas de esquistos están atravesadas y reforzadas por láminas de diorita, evitando la pulverización de esta pareja de peñones.
¿Qué utilidad tiene saber esto? ¿Para qué nos sirve enlazar a Tanizaki con la diorita? Sinceramente creo que para nada… perdón, me retracto… a mí me sirvió para algo: entre reflexiones magmáticas, enfriamientos milenarios y sub-ducciones a granel, aprendí que a veces (solo a veces) todo lo que brilla es oro.
Carlos Candia Campano









