Inicialmente pensé en escribir solo un artículo sobre este tema, pero siento que este material da para elaborar una secuencia.
Los adjetivos “cuadriculado”, “ortogonal”, “cartesiano” los asociamos, generalmente, a rigidez, a una cosa opuesta a lo orgánico. Esta secuencia de escritos intentará contradecir esa asociación y para eso echaremos mano de la desconocida cultura de Irán.
Hace unos 4 años me topé con la fotografía pegada al borde izquierdo y quedé impresionado. Me pregunto por qué en los colegios no se comienza con casos como este la enseñanza de la geografía, la historia o la biología. Siento que cualquier niña o niño, a raíz de un ejemplo concreto, podría interesarse en estos asuntos, en vez de memorizar datos sin sentido.
Pero vamos a lo nuestro. Las arenas de la fotografía aérea alcanzan hasta 70 grados Celsius. El desierto de Kerman en Irán es un lugar hostil para la vida y, en medio de esa dureza, en el centro de ese océano de sequedad, hace 170 años se construyó una especie de “arca verde” que navega y resiste los embates del sol y el aislamiento.
Este bosquete centenario es el “Jardín Shazdeh”, uno de los 8 fragmentos verdes y amurallados repartidos por el desierto iraní. Esa red de refugios contra el clima adverso ha sido clave para la subsistencia de esta cultura desértica.
En la fotografía horizontal de arriba se destaca, dentro del trazado de Pichilemu, la superficie de este jardín; para que se haga una idea, abarcaría todo lo que corresponde al Parque Ross y la manzana triangular en cuya esquina se ubica el Centro Cultural. Quizás lo más bello de nuestro planeta es su diversidad: un parque en medio de la brisa marina y humedad de la costa chilena es algo a agradecer, pero imagine lo que significa esta porción de árboles y agua en medio de un desierto de miles de kilómetros cuadrados.
Eso de que “el todo es más que la simple suma de las partes” queda espléndidamente graficado con este caso: muros perimetrales + curso de agua central + árboles nunca va a satisfacer lo que aporta el conjunto obtenido.
Mediante una ingeniería anclada en las condiciones locales, el canal de agua central baja en cascada, usando la fuerza de gravedad para recorrer el tramo, luego pasa a un reservorio subterráneo evitando la evaporación.
Esa agua almacenada vuelve a ser subida con métodos arcaicos creados en 1870, para repetir el ciclo y refrescar el aire seco, manteniendo el verdor de este retazo habitable en la mita de la
nada.
¿Por qué he querido compartir este caso? En primer lugar, por la simple belleza de saber que existe y, en segundo lugar, para explicitar que (como decía el brasilero Angelo Bucci) la escasez de recursos se puede combatir con abundancia de sentido.
¿Cuál podría ser la escasez de Pichilemu el año 2050? ¿Agua limpia? ¿Suelo disponible? ¿Vegetación sana? ¿Autonomía energética?
De cara a esos desafíos futuros podría ser conveniente mirar a este hermoso oasis cartesiano que, desde su orden cuadriculado y bien pensado, nos susurra al oído: “Si la respuesta antigua aún hace sentido, no innoves”
Carlos Candia Campano
Ross en Escocia: 2230 sin espacios









