El cambio de horario tiene su génesis en 1968, como respuesta a la grave sequía que afectó al país, cuando el gobierno de Eduardo Frei Montalva se vio obligado a aplicar cortes programados de electricidad para enfrentar la escasez. Sin embargo, parte del comercio se opuso cuando se propone ampliarlo hasta las 8 PM, ya que afectaría directamente las ventas, motivo por el cual el entonces superintendente de Operaciones de Chilectra y miembro de la comisión para enfrentar la sequía de 1968 -Edinson Román- señaló la opción de adelantar la hora oficial en 60 minutos para reducir los cortes, la que, finalmente, fue acogida.
Si bien inicialmente tuvo resultados favorables, llevando a que incluso se dictará una ley que lo estipulaba permanentemente, estudios actuales demuestran que el ahorro energético al cambiar a un horario de verano -debido a adelantar los relojes en una hora- no supera el 1% del consumo total. En igual línea, los expertos han dado a conocer los inmensos problemas a la salud que implica esta modificación en los relojes, desencadenando un desajuste en el organismo debido a las variaciones de la luz solar, alteraciones en ritmos circadianos e influyendo en el estado de ánimo y humor. Asimismo, se perturba la secreción de melatonina -hormona que regula los estados de sueño y vigilia- pues con el horario de verano el sol se levanta más tarde en el invierno, retrasando nuestro reloj biológico, lo que se traduce en despertar y salir de la cama cuando aún está oscuro, pese a que nuestra fisiología corporal aún no estará del todo despierta.
Se ha especificado que los efectos del cambio al horario que nos rige desde este 06 de septiembre, se relacionan con: (I) Alteraciones del sueño, somnolencia durante el día y sensación de menor energía al despertar; (II) Cambios de ánimo y concentración, ocasionados por irritabilidad, menor capacidad de atención y dificultad para mantener el rendimiento habitual; (III) Variaciones a nivel cardiovascular en personas con problemas al corazón; (IV) Molestias digestivas, como pesadez o acidez en algunos individuos; y (V) Mayor riesgo de accidentes vasculares e incremento de accidentes de tránsito, a lo que se suma una «mayor incidencia de cuadros de depresión». Es más, si la alteración del reloj circadiano es frecuente y severa (como en trabajos por turno), se evidencia mayor frecuencia de casos de cáncer y diversos problemas de salud.
Así las cosas, pareciera ser que el cambio al horario de verano es solo un resabio de antaño que actualmente no tiene aplicación ni justificación alguna en ningún sentido, empero, solo se mantiene como una “tradición”, haciendo caso omiso a la nula implicancia económica actual y a los múltiples efectos adversos en el cuerpo, obviando que es la propia Sociedad Chilena de Medicina del Sueño (SOCHIMES) en sintonía con los postulados de la American Academy of Sleep Medicine (AASM), quienes advierten que esta modificación horaria trae consigo un sinfín de efectos adversos en el ser humano, sugiriendo en reiteradas ocasiones que para nuestro país el mejor horario es el de invierno, pues el cronotipo de la especie humana es diurno, es decir, el horario espontáneo para el despliegue de su actividad coincide con la fase diurna, y el de reposo con la fase nocturna del ciclo astronómico. Esta diurnalidad está profundamente incrustada en la biología humana, ya que fue adquirida hace unos 50 millones de años, durante la evolución temprana de los primates, permitiendo maximizar el rendimiento metabólico, físico, cognitivo y social en horas de alta luminosidad y temperatura ambiente, reservando los procesos de restauración homeostática al reposo nocturno.
Javier Osorio O.
Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, UAH.
Exdirigente estudiantil universitario.











