La expresión “Selva de cemento” encierra una contradicción. Una jungla es producto del enmarañamiento de árboles, de una enorme acumulación de flores, de la reunión de diversos animales y todo eso concertado en un mismo momento, en un mismo lugar. El asunto es que así se titulaba una telenovela brasilera transmitida acá en Chile a fines de los años 80´s, en la cual se mostraba la aridez de Sao Paulo que, por entonces, era una de las ciudades más pobladas del planeta.
¿Cómo construir lo opuesto? ¿Cómo modelar una “Ciudad Jardín”? La respuesta la encontramos 230 kilómetros hacia el norte de Punta de Lobos. El año 1843 fallece el empresario portugués Francisco Xavier Alvares, dejando una importante fortuna y una misión para su hijo: donar parte de los terrenos familiares a la ciudad de Viña del Mar para transformar ese suelo en todo lo contrario a una selva de cemento. Francisco Salvador, obedeciendo a su padre, importó palmeras de California, camelias de China y jacarandás de Brasil, definiendo una “planificación urbana” de manera blanda y llena de sentido para, de paso, resguardar el porvenir de la ciudad.
Si definiéramos esa acción como un “Arca de Noé” que reúne vegetación del mundo no para zarpar, sino para enraizarse (o anclarse) a un lugar, Pichilemu cuenta con un caso similar ejecutado a pequeña escala. Las palmeras del Parque Agustín Ross fueron importadas desde las Islas Canarias, implicando un enorme esfuerzo para la época, sumado al empuje necesario para levantar el actual Centro Cultural, cuyos materiales fueron traídos al país en barco, luego acercados en tren y finalmente puestos en obra arrastrados por carretas.
Una cosa es tener visión o capacidad para soñar, pero otra distinta es poder cristalizar esa intención de futuro; y para eso no basta con recursos económicos, se requieren además de “recursos emocionales”; es decir, capacidad para comprometerse, para persistir y llevar el barco a buen puerto. Lo hermoso del asunto es que esa intención ha sellado, para bien, la impronta de este Monumento Nacional por más de un siglo, ofreciendo a la comunidad un lugar de alto valor estético e histórico.
El Parque Ross se complementa con escalinatas, piletas y prados. La antigüedad del lugar aporta una austeridad enigmática y poco frecuente en los diseños de hoy en día. Las barandas y balaustradas, sumadas a los pequeños puentes conforman una especie de rebaño… mejor dicho de cardumen, que transforma a este paisaje en algo cercano y familiar.
Que el parque esté ubicado justo entre ciudad y playa no hace más que acentuar su valor, al transformarse en una gran terraza que funciona como balcón hacia el mar, una costanera que al mismo tiempo muestra y oculta al Océano Pacífico entre su vegetación: velo y desvelo para la poderosa geografía de Chile. Este mantenerse a medio camino entre ser un pequeño trozo de Ciudad-Jardín y encarnar a un Balneario-Parque, calza como guante a la mano, conformando un delicado “Bosque pequeño”.
Carlos Candia Campano








