Robert Louis Stevenson llamaba a su natal Edimburgo un “purgatorio meteorológico”. La extrema humedad que se instalaba gota a gota hasta hacer brillar los edificios de piedra debe haber acentuado su estética gótica, impregnando con destellos las noches frías y brumosas. ¿Qué impresión habrá dejado esta ciudad en Agustin Ross Edwards? ¿Cómo habrá lidiado con esa inclemencia alguien que vivió toda su infancia en el inmejorable clima de La Serena? Mientras estudiaba en Escocia y caminaba por Queen Street, ¿habrá extrañado los rayos de sol entremezclados con la brisa marina del norte de Chile?
En esas caminatas de 1860, Agustín Ross debe haber notado no solo el impresionante Castillo de Edimburgo, sino también la manera en que se posaba encima de una colosal roca volcánica, exagerando su tono de fortaleza resistente en el tiempo. Quizás, durante esas tardes, Ross comenzó a planificar alguna futura edificación. ¿Qué edificación? Vaya a saber uno, es probable que pensara en una construcción bien plantada frente al paisaje: un edificio que, para instalarse, se rodea de parques. La lluvia de Edimburgo, que mantiene todo tan verde, debe haber ayudado a la germinación de esa idea.
Treinta años más tarde, Ross llega a París, donde dos décadas antes había sido incendiado el Palacio de las Tullerías. Un incendio seguido de una demolición, la persistencia de las ruinas que hacían eco con el vecino Museo del Louvre. Si Edimburgo fijó unas maneras de relacionarse con la naturaleza, París permitió que Agustín Ross incorporara nociones de monumentalidad. Es difícil pensar que nuestro protagonista no haya atravesado el Sena por el Puente Real, mirando en perspectiva la torre en esquina de uno de los pabellones del museo. Quizás (solo quizás) desde allí pudo notar el efecto de ese techo en mansarda, como pirámide truncada que, junto con permitir conseguir altura, elevarse y marcar estatura, quitaba formalidad y rigidez al edificio. Quizás pensó que eso podía servir en un continente joven, en un país nuevo y en un balneario que se abría al futuro.
Así como los aviones cuentan con una caja negra, los objetos construidos también la tienen: parques, casas o palacios la tienen. La posibilidad que ofrece la realidad de polinizar un futuro resulta fascinante y para explorar ese potencial, podemos basarnos en el rigor histórico, pero también en la imaginación. Preguntarnos hoy ¿Cómo instalar un monumento? exige imaginar pasos hacia adelante y hacia atrás; pensar tanto en caminos recorridos como fallidos, implica levantar un laberinto del cual el propio autor no sabe si podrá escapar, pero (sobre todo) permite abrir cancha, playa y mar.
Carlos Candia Campano








