Las «aventuras» del idealizado Agustín Ross y el histórico Centro Cultural: el «casino» que nunca fue casino

El ahora centro cultural Ross en el día de su re-inauguración, el 27 de enero de 2010. Foto: Diego Grez Cañete.

El 27 de enero de 2010, hace casi cuatro años, fue reinaugurado el ahora Centro Cultural Ross, monumento nacional desde 1988, por autoridades varias. Durante el transcurso de su historia –casi tan extensa como la de la comuna misma– han surgido variadas falsedades o tergiversaciones sobre el edificio, que a continuación pretendo clarificar en base a lo que he podido recabar entre artículos de periódicos, libros, y revistas antiquísimas. Es necesario introducir este artículo sobre este importante ícono pichilemino hablando un poco de quien fuera su promotor, por así decirlo: Agustín Ross Edwards. Por muchos años se ha “idolatrado” (o “idealizado”) localmente a quien fuera, según la creencia popular, el fundador de Pichilemu: algo que no es completamente cierto. Ross, un importante político, que fue ministro plenipotenciario (embajador), senador, escritor, llegó a estas tierras en 1885, ni con la menor intención de crear un balneario, sino que con la convicción y el deseo de crear, así hubiese sido faltando a la verdad, un puerto en esta costa.

El periódico “El Colchagua” de Rengo consignaba en diciembre de 1896 de la siguiente forma las intenciones de Ross para con Pichilemu: “El actual senador don Agustín Ross ha publicado en la Revista de Marina un estudio sobre el futuro puerto de Pichilemu. (…) El estudio del señor Ross no se deriva ni del amor a la ciencia ni deseo de impulsar el progreso de la provincia de Colchagua. Al mismo tiempo de lanzar al público la idea de formar el puerto de Pichilemu, el señor Ross compró a doña Mercedes Maturana todos los terrenos de la futura ciudad. Se comprende fácilmente que el arte, otorga lo que ha negado la naturaleza y que con dinero se puede cambiar un mar en cordillera o viceversa.” El antiquísimo artículo del ahora desaparecido periódico finalizaba, tras detallar las intenciones de Ross, calificando a Pichilemu como un lugar “sin hermoso panorama, sin atractivos naturales, sin tener facilidades para un buen puerto”.

Lo cierto es que Ross no pudo concretar su deseo de convertir a Pichilemu en puerto y, no dispuesto a perder su inversión, debió rededicar sus esfuerzos en convertirlo en algo distinto a lo que planeó originalmente: un centro turístico. En los terrenos que adquirió para construir el puerto se emplazaba un humilde hospedaje, denominado La Posada, que convirtió en un hotel para la élite santiaguina, que bautizó como el Gran Hotel Pichilemu. Con su relativo éxito, Ross posteriormente decidió complementarlo con un jardín (el ahora Parque Ross, también monumento nacional), escalinatas, establos, además de un servicio de lavandería. Pero algo le faltaba.

La ex oficina de correos y telégrafos en su etapa final de construcción, en abril de 1909. Foto: Revista Zig-Zag/Biblioteca Nacional.

Como miembro de la acaudalada familia Edwards –conocida también por ser propietarios del diario “El Mercurio”–, Ross pudo educarse en Inglaterra, en donde seguramente tuvo la posibilidad de visitar Francia. Inspirado en el Gran Trianón del Palacio Tuileries, en París, Ross diseñó y comenzó a construir en 1906, con materiales importados de Estados Unidos y Francia, el edificio que se convertiría, tras ser completado en 1909, en la oficina de correos y telégrafos de la comuna. También hospedó en sus inicios un almacén con bienes importados, exclusivo para clientes del Gran Hotel Pichilemu. En abril de 1909, la revista Zig-Zag –subsidiaria de “El Mercurio”– publicó un fotoreportaje  sobre Pichilemu, que muestra dos imágenes del edificio aún sin terminar, en el que Ross es alabado así: “Merced a gran despliegue de actividad y a no pocos sacrificios de dinero, ha conseguido don Agustín Ross convertir las playas de Pichilemu en uno de los balnearios más pintorescos y, sobre todo, uno de los que presentan más comodidades en Chile, al viajero ansioso de reposo y salud. El señor Ross se ha esmerado en colocar al alcance del viajero todas las comodidades de la civilización moderna”.

Algunas de las fotos de Pichilemu publicadas en Revista Zig-Zag en abril de 1909. Foto: Revista Zig-Zag/Biblioteca Nacional.

El edificio fue arrendado en el verano de 1917 al empresario argentino Alfredo Master, quien lo convirtió en un salón de juegos, a veces incorrectamente llamado “casino” en documentos contemporáneos. El periódico pichilemino “El Marino” anunciaba la inauguración del recinto de la siguiente forma: “Los veraneantes encontrarán en (el ex almacén) agradables pasatiempos y una esmerada atención por su dueño. El establecimiento, además de las salas de distracción, cuenta con excelentes piezas para personas que quieran cómodamente hospedarse. La cantina estará a cargo de personas competentes y provistas de un excelente surtido de licores importados, cigarros y cigarrillos, habanos del país”.

Hasta 1931 –cuando fue inaugurado el casino municipal de Viña del Mar–, no habían “casinos” que funcionaran legalmente en Chile. Se ha dicho que el de Pichilemu fue “el primer casino de Chile”, lo cual no es cierto: el primer casino como tal en Chile fue el de Viña del Mar; tampoco sería correcto decir que fue “el primer salón de juegos” pues hay evidencia de la existencia de salones de juegos –o casinos clandestinos– en Constitución y otras localidades sureñas muchos años antes que el salón pichilemino. Además, posiblemente haya funcionado como salón de juegos sólo durante ese verano, ya que no fue posible encontrar documentos fiables que acrediten que se haya extendido más allá en el tiempo.

Aviso publicitario del Gran Hotel Casino, publicado en el periódico Pichilemu el 15 de febrero de 1944. Foto: Biblioteca Nacional.

Tras la muerte de Agustín Ross en 1926, el edificio permaneció casi sin uso hasta que fue vendido en la década de 1940 a la familia González Pérez, quienes lo convirtieron en el Gran Hotel Casino. El hotel era promocionado en periódicos de la época con las siguientes palabras: “Situado frente al Bosque Municipal, a un paso de la playa. Atención esmerada y precios módicos. Tranquilidad. Distinción. Confort. Atendido por su propio dueño (Luis González O.)”. Se dice que a fines de los años 1940, funcionó un salón de juegos clandestino en el piso inferior.

Posteriormente, ya en los años 1960, funcionó una discoteca llamada La Caverna, también en el piso inferior. La discoteca fue renombrada posteriormente Los Tijuana, hasta ser cerrada a fines de los años 1970. Tras la desaparición de Los Tijuana, se instaló la boîte Carmelita, a cargo de una rancagüina del mismo nombre. También funcionaron en el edificio, hasta los años 1990, la discoteca Master, a cargo del pichilemino Roberto Álvarez, y el grill bar Wa-Na. La condición del edificio se deterioró gradualmente.

En 1987, tras la reinauguración del Parque Ross, Agustín Ross Prieto, nieto de Ross Edwards, contactó al Director del Museo Histórico Nacional Hernán Rodríguez sobre su preocupación en torno al destino del octogenario edificio. En una sesión del Consejo de Monumentos Nacionales en enero del año siguiente, Rodríguez argumentó sobre la falta de preocupación de las autoridades locales en el edificio; según el mismo relató en una carta al periódico “Pichilemu”, a los consejeros “les pareció tan evidente que debía mantenerse y rescatarse” que lo declararon en conjunto con el parque como Monumentos Nacionales Históricos, los segundos en ser declarados como tales en la provincia. La municipalidad intentó rescatar el edificio dos veces, siendo finalmente adquirido por ésta en 1995 por 30 millones de pesos. Pero pasaron más de diez años para que pudiese ser restaurado.

El centro cultural Ross en diciembre pasado. Foto: Diego Grez Cañete.

En enero de 2007 fueron aprobados más de 500 millones de pesos del Fondo Nacional de Desarrollo Regional para que el edificio fuera restaurado y reinventado como centro cultural, hospedando la biblioteca pública y galerías de arte. Dos años después, y cien años después de ser finalizada su construcción original, en 2009, fue abierto a la comunidad con una exhibición fotográfica. Se creó para su administración la Corporación Cultural de Pichilemu en junio de ese año y, como introduje, el ahora centro cultural fue reinaugurado por autoridades varias, incluyendo a la Presidenta Michelle Bachelet y el alcalde Roberto Córdova, el 27 de enero de 2010.

Desde entonces, el centro cultural no ha dejado de ser un aporte para la cultura local, con talleres y actividades durante todo el año. El edificio en sí es un símbolo de la identidad local. Pichilemu no sería lo mismo si no existiese.

Publicado en “El Expreso de la Costa” (Pichilemu, edición de enero de 2014) y “El Cóndor” (Santa Cruz, edición del 21 de enero de 2014).

Nota aclaratoria: Debo recalcar, en honor a la verdad y respondiendo un par de comentarios que me han llegado —que incluso han tildado el artículo de “falso”—, que el hecho de que un salón de juegos de azar haya funcionado temporalmente en este importante edificio no lo convierte en “casino”. Aquí no se niega que haya funcionado un salón de juegos de azar en el ahora centro cultural en ciertos puntos de su historia; sólo se refuerza la idea de que no fue un “casino” como tal, pues el primero en ser uno realmente —y legalmente— fue el de Viña del Mar, inaugurado alrededor de 15 años después de que el empresario argentino aludido en el artículo arrendara este edificio para crear un “salón de juegos con bar”. Se ha incurrido “a rabiar” en el error de nombrarlo “casino”, como menciona un comentarista, en libros de historia —remarcablemente en el “Pichilemu y sus alrededores turísticos” (1999) de José Arraño Acevedo (fallecido en 2009)— y en reportajes de TV. La información que es publicada o divulgada masivamente por medios de comunicación no garantiza que sea totalmente verídica. Para concluir, es destacable que este artículo haya generado discusión en torno a un tema tan importante para la cultura de Pichilemu, como lo es el centro cultural Ross, y agradezco todos los comentarios que han llegado, aquellos constructivos y aquellos que no. Es difícil nadar contra la corriente cuando una “falsa verdad histórica” se ha instalado en la consciencia colectiva; es por esto que el punto, el fundamento que me motivó a redactar este artículo permanece firme: el edificio nunca fue “casino”, ni mucho menos el “primer casino de Chile”.

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