La surfista pichilemina Natalia Escobar: entre las olas y los sueños

El mar de Pichilemu nunca duerme. En sus orillas se escriben historias de marea y viento, de tablas que cortan la espuma como pinceles sobre un lienzo infinito. Entre esas historias surge una voz joven, como un canto entre las olas. Natalia Escobar Díaz es surfista y es el reflejo de una familia esforzada, de un espíritu que no se rinde.

Nos encontramos en La Puntilla, ese santuario natural donde los sunsetazos son memorables y una promesa interminable. Natalia llegó acompañada de su madre, Claudia Díaz, dirigente social y compañera inseparable, esa figura que no solo le enseñó a levantarse tras cada caída, sino que también tejió una red de apoyo silenciosa y valiente. Allí, mientras el viento despeina los sueños y el agua salpica fría, la conversación fluye con la misma cadencia.

Natalia tiene 25 años y lleva trece sumergida en este amor profundo con el océano, nueve de ellos dedicados a la competencia profesional. Pero su historia empezó antes, cuando su hermano mayor —también surfista— la lanzó, literalmente, a su primera ola sin siquiera saber nadar. Una prueba temprana que forjó su temple y la hizo entender que, en el mar como en la vida, las verdaderas batallas se ganan primero en la mente. «Si no estás dispuesto a perder, nunca estarás listo para ganar», confiesa con la claridad de quien ha aprendido a levantarse tantas veces como haga falta.

Hoy es campeona nacional, ha representado a Chile en mundiales y panamericanos, se ha enfrentado a olas gigantes y ha dejado el nombre de Pichilemu escrito en la arena del mundo. En 2018 hizo historia con una doble corona, consagrándose campeona Open y Junior en un mismo año, un logro que solo unas pocas pueden soñar. Y mientras cuenta todo esto, su mirada se pierde entre las series de olas que rompen, como buscando allí la siguiente meta.

Pero el deporte, como el mar, no siempre es amable. Natalia sabe que la mayor dificultad es la mentalidad: resistir, seguir adelante, remando contra la corriente de la incertidumbre. A eso se suma la eterna lucha por los recursos: «Puedes ser el mejor en tu país, pero si no tienes apoyo, jamás podrás mostrar tu talento afuera. La constancia y la disciplina necesitan sostén. Sin apoyo económico, muchos sueños quedan varados en la orilla», explica.

En Pichilemu, ciudad que presume de ser la capital del surf, todavía falta mucho por hacer. Natalia sueña con un Centro de Alto Rendimiento específico para surf, un espacio que potencie a tantos talentos que hoy surgen en la comuna y que, sin embargo, deben buscar en otras costas la oportunidad de crecer. «Necesitamos más apoyo. Y ojalá llegaran más marcas, no importa si no son del rubro del surf: cualquier empresa que quiera aportar será bienvenida. Lo importante es el apoyo real, para que podamos seguir avanzando», dice con convicción.

Aun así, reconoce el cariño de su comunidad y destaca el rol fundamental de su madre, Claudia, como sostén emocional y motor en los momentos más duros. «Gracias a ella he aprendido a ser fuerte mentalmente. Me he sentido muy apoyada porque ella ha logrado que la gente entienda mi historia y valore lo que hemos conseguido», relata. La municipalidad y el gobierno regional también han sumado su granito de arena con algunos proyectos, pero el camino sigue siendo largo y empinado como una ola en Punta de Lobos.

Hoy, Natalia reparte su tiempo entre Pichilemu y Concón, pues estudia ingeniería comercial en Viña del Mar. A sus 25 años decidió retomar los estudios, aunque lamenta no haber podido optar a la beca municipal que solo está disponible hasta los 24. «Quiero hablar con el alcalde para ver si se puede hacer una excepción, porque es mi primera vez estudiando algo profesional», confiesa. Una muestra más de que su espíritu competitivo y su hambre de superación trascienden las olas.

En lo deportivo, los desafíos son tan grandes como el mar que la inspira: el campeonato “Lobos por Siempre” en Pichilemu, la mítica competencia de Pico Alto en Perú, posibles fechas en Antofagasta y Brasil. Cada campeonato requiere recursos, planificación y, sobre todo, el apoyo de un país que a veces se queda corto en empujar a sus talentos. «Me gustaría conseguir apoyo de algún auspiciador, aunque sea en productos. Todo suma y nos ayuda a remar más lejos», afirma.

Mientras tanto, Natalia observa el mar como si hablara con él, como si cada ola le devolviera el eco de un sueño. «Quiero invitar a todos a seguir apoyando, a seguir mi historia y la de tantos surfistas que dejamos el alma en el agua. A las marcas les digo que se atrevan, que no importa si no son del mundo del surf: necesitamos todo el apoyo posible. Gracias a quienes siempre me han seguido, a los que están en Pichilemu y en todo Chile. Vamos con todo por los nuevos campeonatos, motivada y soñando en grande», declara, con el mismo fuego con el que entra al agua cada mañana.

La voz de Claudia, su madre, resuena como un faro al cierre: «Me siento muy orgullosa de ser madre de esta gran deportista. Natalia es increíble, no solo por sus logros, sino por su fuerza y su corazón. Ojalá lleguen los apoyos que necesita para seguir representándonos con orgullo.»

Hoy, Natalia surfea cada ola con la humildad y la fuerza de quien nació en una familia luchadora, pichilemina, y aprendió que los desafíos, como el oleaje, no se esquivan: se enfrentan. En cada remada lleva el nombre de su pueblo, el sueño de su familia y la ilusión de una comunidad que vibra al ritmo de las olas. Que la siguiente serie la encuentre lista, y que el viento la empuje hacia nuevos horizontes.

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