Nuevas investigaciones sobre los verdaderos autores del Himno Nacional de Chile

Jorge Aravena Llanca.
Jorge Aravena Llanca.

A manera de prólogo. 

EL HIMNO NACIONAL DE CHILE

–Los hombres, de todos los países en todas las latitudes, educan a sus hijos las acciones gloriosas de sus héroes. Esa tendencia de salvar del olvido y perpetuar mediante un himno los grande hechos históricos y de expresar las aspiraciones espirituales de un pueblo, es universal. De esta antigua usanza, nace el himno nacional de todos los países y se define como un canto patriótico que, adornado de valores, estimula los anhelos de soberanía y de grandeza y custodia de una nación.

CANCION NACIONAL DE CHILE

Es el título con que Clemente  Canales Toro, publicó su libro como una edición crítica de la letra, que fuera publicado por la Editorial Andrés Bello en la Colección Emblemas de la Patria en el año 1960.

Este autor da inicio a su libro de invalorable premisas sobre los  antecedentes de su letra. Dice y comienza así:

         “Como en otros países, la Canción o Himno Nacional es el símbolo patriótico de Chile que penetra continuamente con mayor profundidad en el espíritu de los ciudadanos. Es el Canto de los Libres.

         Se miran sus palabras en el papel y en la pluma infinita de la evocación; se escuchan los acordes de su ritmo en el acto ceremonioso y en el silencio del regreso; se cantan sus versos y se leen sus estrofas; se citan sus sentencias y se repiten sus aforismos. Personajes inolvidables son sus autores, que están siempre presentes en la pantalla del recuerdo íntimo y en los archivos de los héroes. Los Padres de la Canción de la Patria tienen ganado sitial de honor en la gratitud del porvenir y en la conciencia de las generaciones precedentes;: Carnbicer, Lillo, robles y Vera

Nuestras investigaciones

Desde que Chile alcanzó su libre manifestación republicana, ha tenido dos himnos nacionales. Al primero, violento y apasionado, escrito cuando aun estaban frescos los recuerdos de la histórica lucha de la independencia, lo sucedió el actual, que interpreta serena y fielmente en gallardas estrofas.

El primer Precursor de la expresión en verso del sentimiento nacional, fue fray Camilo Henríquez, el fundador del periodismo chileno. En el año 1812, el general José Miguel Carrera, que presidía el Gobierno, quiso que el aniversario de la independencia de Estados Unidos fuese, entusiastamente celebrado como un homenaje al primer Cónsul  de ese país que él admiraba tanto, acreditado en Chile, Mr. Joel Robert Poinsett, y con este motivo, el 4 de julio de 1812, el fraile de “La Buena Muerte” acometió el primer intento de dar a Chile un himno patriótico cuyas estrofas finales eran las siguientes:

“Ser supremo, padre de los hombres,

Sostenednos con vuestro favor,

Dirigidnos en nuestras tinieblas,

Iluminad a nuestra razón.

Vos detestad toda tiranía,

Nos inspiráis contra todo horror;

Sois el principio de nuestras glorias

Por vos canta nuestra humilde voz.

Aplaudid, aplaudid a los héroes,

Que a la patria el cielo otorgó;

Por su esfuerzo se eleva gloriosa

A la dicha que nunca esperó”.

         –Aquel mismo año, el 18 de septiembre, segundo aniversario de la constitución de la Primera Junta de Gobierno Nacional, fue dada a conocer la primera bandera chilena, azul. blanco y amarillo, ideada por el mismo Cónsul Poinsett y aprobada por Carrera. Aludiendo a este primer estandarte, escribe Camilo Henríquez un nuevo canto nacional. He aquí, como registra Walterio Millán, dos fragmentos de esa composición:

CORO

“En un día tan glorioso, / Coronado de laureles,

Eterno y triunfales, / De la patria las sienes:

Dadle perpetuo honor / .……………………….

Resplandece en su rostro / Ardor  republicano,

Y en su cándida mano / Divisa tricolor,

Respira independencia, / Denuedo y heroísmo:

Inspira patriotismo / Y disipa el temor”.

         –Del primer Himno oficial, los versos se lo debemos al poeta argentino don Bernardo Vera y Pintado. Después de la victoria de Chacabuco, donde flameó la bandera celeste y blanca argentina, cuando se organizó una fiesta de homenaje al triunfo, el himno cantado fue el argentino que retumbó en la casa de Pérez Rosales en la voz del Libertador José de San Martín, pues Chile carecía de Himno.

Después de la Batalla de Maipo, en 1818, fue cuando Bernardo O´Higgins concibió la idea de tener un himno nacional y como Camilo Henríquez aun se encontraba en Buenos Aires, encomendó esta tarea al argentino, poeta y doctor en abogacía, Vera y Pintado.

Las primeras gestiones para dar música propia a la Canción Nacional, del doctor Vera, las realizó don Domingo Arteaga, empresario del teatro Nacional, quien encargó al músico peruano residente en Chile, don José Ravanete, la composición de una música especial para aquellos versos. Ravanete, más con rabo que nete, se dio a la tarea. Pero como tuviera dificultades –también, como no, con ese apellido de “rábano y de nete” que nadie sabe que significa este sufijo aumentativo– le aplicó la música de una canción española, de aquellas que se compusieron cuando los franceses invadieron España. Como era natural, la música no se adoptó a la letra, ya encambiable, de Vera y Pintado y ocurrió que al llegar Ravanete a la parte en que dice:

“arrancad el puñal al tirano,

quebrantad ese cuello feroz”,

sobraban al final cuatro notas, que el peruano solucionó agregando “sí, sí, sí, sí”, por cada nota, sílabas que no tenía la poesía, que al parecer de Vera y Pintado sonaba algo goda, risueña y saltarina.

Manuel Robles

–Ante el fracaso de Rabanete, se encargó al músico chileno Manuel Robles, que formaba parte de la orquesta del Teatro de la Compañía, la creación de una nueva música para la Canción Nacional, que se tocó la primera vez el 20 de agosto de 1820, en Valparaíso, en los mismos momentos que partía al Perú la Expedición Libertadora. Con esta música de Robles se cantó nuestro primer himno nacional hasta el año 1928.

Las opiniones desfavorables de los críticos de la época sobre la música de Robles influyeron en el gobierno, el cual determinó encomendar, por medio de Mariano Egaña, Plenipotenciario de Chile en Londres, que encargara a algún músico europeo la creación de una nueva música. Mariano Egaña, enemigo feroz de O´Higgins, en su afán que desaparecieran todas las obras de don Bernardo, confió esta tarea a un maestro español, don Ramón Carnicer y Batlle.

Ramón  Carnicer y Batlle.

Carnicer, en España, ya era entonces un maestro de reputación, como compositor y director de orquesta. Había nacido en 1789, en Lérida, principado de Cataluña, donde estudió sus primeras lecciones musicales. De inspiración fresca conocía todos los recursos de su arte, pero como casi todos los artistas de la época, estaba influenciado y, aun más, obsesionado por los italianos, principalmente de Rossini, que era el más famoso músico en Europa y, de quien Carnicer había copiado e imitado muchas de sus inspiraciones, incluyendo la iniciativa de cambiarle el prólogo musical a la ópera más famosa de Rossini: “El Barbero de Sevilla”, sin el debido permiso del autor. Cuando éste la escuchó, gentilmente, con un excesivo humor, la aprobó diciendo que era mejor que la suya, y que él “no la hubiera hecho mejor”. Pero el tiempo confirmó que la del italiano era superior y, que fue, en definitiva, la que quedó hasta la actualidad, como correspondía, en la partitura de esta obra musical.

–Ramón Carnicer y Batlle estaba en Londres, por razones de exilios políticos, cuando recibió el encargo de parte del Ministro Mariano Egaña. Se había exiliado por anticarlista, siendo judío liberal y peligrando su identidad por las persecuciones religiosas que desencadenado éste monarca, había huido de España y por esto recibió en Londres la tarea musical de un nuevo Himno para Chile.

Ramón Carnicer, compuso la música, como él afirmó ante el Ministro chileno, en muy breve tiempo, tal vez una semana tomando como apoyo la letra existente. De esta manera, con la letra adaptada entonces del poeta don Bernardo Vera y Pintado, y con la supuesta música del artista español que es la actual, nuestro Himno fue estrenado en el teatro Arteaga de la capital, el 23 de diciembre de 1828, y desde aquel día resuenan sus melodías armónicas dulcísimas, con una introducción, de un vigor majestuoso e imperativo ritmo, que es de otro músico que nunca se menciona, músico que es desconocido. La introducción no es de Carnicer el supuesto autor de la melodía.

Eusebio Lillo

–La letra del doctor Vera era muy exaltada y cuando los tiempos habían cambiado y Chile con España zanjado casi todas sus discrepancias, se halló muy lógico que se cambiaran sus agresivos versos. La tarea se le encomendó a un joven chileno de unos veinte años de edad, Eusebio Lillo quien se hizo intérprete del alma nacional, y en un rapto de inspiración patriótica, dio al país la letra de la Canción actual, llena de emocionantes estrofas, cuyas estrofas tienen el mérito de ajustarse perfectamente a la música que, siguen diciendo, es de Carnicer.

La letra de la canción de Vera, fue, pues, acertadamente substituida por la que escribió Lillo, pero se conservó el coro original de Vera y Pintado. Esta nueva versión, fue dada a conocer al país en las ediciones de “El Mercurio de Valparaíso” y el “Progreso” de Santiago del 17 de septiembre de 1847, y se cantó por primera vez en la fiestas patrias de entonces.

Tres nacionalidades contribuyeron, hasta este momento, a la creación de nuestro emblema musical: un argentino y un chileno en los versos y un español en la música.

Inspiración de sublimes sentimientos

Por sus inspirados versos, el hermoso Himno de Chile, no más “Canción”, es a la vez repertorio solemne de glorias y proezas del pasado: evangelio de hombres libres consagrados a las lides tranquilas del presente: homenaje grandioso a los manes de los héroes al pié del sacro pendón caídos, canto inspirado en la esplendente belleza de nuestros campos, de nuestro cielo, de nuestro mar, de nuestra majestuosa y blanca montaña y, finalmente, juramento y clamor de combate opuesto a extrañas pasiones, sobre la cual caen las emocionadas miradas de nuestros valientes soldados

La ópera italiana y Gaetano Donizetti

En los años más esplendorosos y creativos de la ópera, en Europa los italianos llevaban la delantera, sin opción a contrincantes en todo el viejo Continente. En efecto, su estilo era el ejemplo para creaciones de esta naturaleza que había alcanzado gran popularidad. Pues bien, Ramón Carnicer y Batlle, admirador de los  italianos y conocedor a fondo de las creaciones de éstos músicos, copió, en repetidas ocasiones partes de las melodías de la obras de los compositores italianos que incorporó a sus propias obras musicales.

Era una costumbre en esa época tomar como inspiración obras de otros creadores. No estaba permitido, por ética, tomar más que parte de otras obras, sin exceso, con prudencia, recato y auténtica capacidad creativa: con unos ocho compases bastaba para ser solo inspiración. Pero Carnicer se hizo famoso por excederse en esta capacidad de auténtica rapiña, donde no medía que la capacidad auditiva, tanto de su presente, como del futuro, lo habría de desenmascarar en las evidencias de sus descaradas maniobras de plagio, inclusive en cuanto se refiere al himno Nacional de Chile que ahora hemos descubierto.

Esta es la historia, en rigor, no muy sana, pero si muy desafinada del Himno Nacional de Chile.

Gaetano Donizetti autor de la  opera Lucrecia Orgia

–Gaetano Donizetti compositor italiano nació en Bérgamo, 1797-1848. Cuando acabó sus estudios musicales escribió cuartetos de cuerda y después tres óperas que no lograron representarse. Con “Enrico di Borgogna” debutó en el teatro de San Lucas de Venecia el 14 de noviembre de 1818; a partir de entonces sus éxitos serían casi constantes: sus más famosas óperas fueron: Ana Bolena; L´elisir d´amore; Lucia di Lammermoor; Don Pascuale; La favorita; La hija del Regimiento; Don Sebastián y la que nos interesa a nosotros Lucrezia Borgia que fue estrenada en 1833.

Donizetti fue un prolífero compositor. Su talento cuenta, más o menos, con 60 operas que aun hoy día se conservan como las más valiosas del repertorio italiano a nivel mundial.

Cuando escribió sus primeras óperas estaba Rossini en todo su apogeo, y Donizetti, como muchos otros, se dejó arrastrar por aquel estilo brillante y efectista como más tarde habría de imitar a Bellini. Donizetti estaba dotado de una facilidad melódica prodigiosa, escribía con una rapidez inigualable, hasta el punto de que durante mucho tiempo daba al teatro cuatro obras por año.

Este prodigioso músico tuvo un final muy triste. A su regreso, de París a Nápoles fue que notó, en su dañada psiquis, los primeros síntomas de locura, debido a sus continuos estados depresivos que le privaron de sus facultades, y donde murió el 8 de abril de 1848.

Lucrecia Borgia

–Lucrecia Orgia, ópera de Donizetti fue compuesta con mucha anterioridad a la fecha de su estreno en 1833, eran ya vastamente conocidas varias partes de sus arias, las que en alguno de los viajes de Ramón Carnicer a Italia, éste pudo memorizarlas o escribirlas, pues siempre andaba en búsqueda de inspiración anotando cuanto le interesaba. Lo mismo que hizo Bizet, cuando viajando por España buscando inspiración, plagió una tonadilla del vasco Sebastián Iradier supuesto compositor de la Habanera “La Paloma”, que copio textualmente e incorporó a su ópera, nada menos que “La Habanera” en la “Suite” de “Carmen”, de éxito mundial.

Carnicer vende a Mariano Egaña el Himno Nacional cuya melodía es de Gaetano Donizetti

–Sabemos que Ramón Carnicer le vendió la melodía del Himno Nacional de Chile a Mariano Egaña, en 1828, con anterioridad a su estreno, pues conocía, desde tiempo antes, parte de la ópera de Donizetti, en esa búsqueda de inspiración anotando cuanto le interesaba. Así tuvo oportunidad Carnicer, en breve tiempo, de supuesta composición, de entregarle a nuestro ingenuo Ministro Mariano Egaña, algo que no pertenecía a su creatividad.

Todo cuanto el humano hace se descubre en el tiempo.

algo así dijo Talles de Mileto: “Si buscas una buena solución y no la encuentras, consulta al tiempo; puesto que el tiempo es la máxima sabiduría”.

Una Revista chilena ya en 1910, durante las celebraciones del Primer Aniversario de la Independencia, señalaba este plagio de Carnicer a Donizetti, indicando con benevolencia que: “bien podría ser el Himno Nacional de Chile una inspiración, no de Carnicer, sino del italiano Gaetano Donizetti de su ópera Lucrecia Borgia”.

Es decir, en rigor, lo que nosotros creímos descubrir en estos días, ya era como una sustracción reconocida.

Por nuestro amor a la ópera, vaya sorpresa, la confirmación personal de nuestra memoria auditiva la tenemos en un CD de RCA Víctor, cantando en esta ópera Montserrat Caballe y Alfredo Kraus, Enzio Flagello, Shirley Verrett, Guiseppe Baratti, bajo la conducción, del Coro de la Opera Italiana, de Jonel Perlea. CD registrado en mayo de 1966, en los Estudios de RCA en Roma Italia.

La parte musical de la melodía íntegra del Himno Nacional de Chile, se lo encuentra en la ópera de Gaetano Donizetti en el disco 1, PROLOGO, parte 10, que dura 5:13 minutos. La melodía propiamente tal se encuentra en todo la  parte del Prólogo, dispuesta con leves variaciones en pasajes terminales de estrofas y, es cantada con las siguientes estrofas iniciales en el pasaje que Maffio Orsini y otros le dicen a Lucrecia:

“Orsini:

Maffio Orsini, signora, son io,
cui svenaste il dormente fratello.

Io Vitelli, cui feste lo zio
trucilar nel rapito castello.

Io nipotye dÀppiano tradito,
da voi apento in infame convito”.

         La escena musical se desarrolla cuando Lucrecia, con su resplandeciente belleza y vestida como reina, entra al salón y los cortesanos le abren un pasillo, donde ella entra triunfante y explendorosa, con la presencia, a ambos lados, del coro respaldando a los cantantes principales, donde intervienen como protagonistas del drama, Orsini, Vitellozzo, Liverotto, Genaro, Petrucci y la misma Lucrecia, culminando con un final Mollto Vivace a toda orquesta.

Isidora Zegers y su tiempo

Isidora Zegers nació en Madrid, (1807-1869) y se educó en París. Estudió canto y se reveló como una soprano ligera de excepción y gran intérprete. Su padre en 1822, había viajado a Chile ocupando un cargo en el gobierno, y la familia se le incorporó en 1823. Fue calificada como la gran dama de la música chilena del siglo XIX. En su tiempo confluyen compositores tales como Manuel Robles Gutiérrez, Antonio Neumane, José Zapiola Cortés, Guillermo Deichert y Federico Guzmán. En los salones donde Isidora organizaba tertulias culturales, la música se convirtió por su protagonismo en la parte fundamental. Ahí concurría la elite de la sociedad chilena, además de los músicos que llegaban al país, sobre todo comerciantes alemanes que portaban, para la venta partituras de música clásica en cantidades de autores de todas las nacionalidades de Europa, que satisfacían las necesidades de la instrucción del país, tan alejado de los medios más renombrados de del viejo Continente; entre estos comerciantes figuraban alemanes, entre otros, de apellidos Ried, Dogenwailer y Guillermo Deichert, artista que es el principal protagonista de este relato, fiel asistente a la sala de conciertos de Isidora Zegers.

Guillermo Deichert

–Este músico alemán (1828-1871) fue un pianista y compositor, nacido en Kassel, hijo del Director del Departamento de Música de Marburg, Alemania. En Chile, se radicó inicialmente en Valdivia, residió posteriormente en Puerto Montt y en Santiago. Fue pianista, profesor, fotógrafo, vendedor de partituras de música clásica y organizador de conciertos. su Fantaisie sur des themes nationauax du Chili, combinó y elaboró en ese concierto en casa de Isidora Zegers, tres elementos, una canción popular titulada “La Silla·, una zamacueca lenta del tipo conocido genéricamente como “valseada” y la Canción Nacional de nuestro país, con la supuesta música de Ramón Carnicer.

Estas referencias la hemos tomado de un CD producido  por  Parmedia, en los estudios del Centro Tecnológico de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, bajo la dirección de su Decano don Luis Merino, el año 2003, que gentilmente nos lo  envió el conocido escritor Ramón Díaz Etérovic

En esta producción Guillermo Deichert, tuvo la iniciativa, como pianista conocedor de los más renombrados éxitos de los alemanes de su tiempo, de incorporar a su “Fantasía”, una introducción a la Canción Nacional, pues no la tenía. Eran tiempos que se entrada de inmediato, o al primer compás al canto generalmente a capela. Guillermo Deichert en su “Fantasía”, incorporó, por la clásica mentalidad alemana del orden, una introducción que empieza en el CD, en el tiempo 3,14 hasta el 3,33, y culmina con una recreación de la melodía de la Canción Nacional.

Esta introducción es la que se incorporó al Himno y, es la  actual ejecutada por todas las bandas militares y orquestas clásicas de Chile.

Esta melódica y marcial introducción, no es más ni menos que parte del Klavierkonzert a-moll Op. 54 del famoso pianista y compositor alemán Robert Schumann, que consta de 1. Allegro affetuoso; 2. Intermezzo. Andantino grazioso; 3. Allegro vivace. En este Concierto que tiene una duración de 30,50 minutos, Robert Schumann  repite la introducción en medio de otros pasajes, como era su costumbre, con énfasis, fuerza melódica y en tiempo marcial.

Guillermo Deichert, tomó esa primera parte marcial y la recreó más lentamente, pero repitiendo las frases tonales en la misma escala de Schumann, solo que dándole más énfasis y repeticiones a la melodía convertida en una marcha militar, que   Robert Schumann insinúa desde el primer compás, con la rapidez y condensación característica de sus melodías en todas sus Sinfonías.

Viejas repeticiones

“La Canción Nacional de Chile, es la oración cívica por excelencia. Intento cabal será llegar al conocimiento de esa creación y de sus creadores. Si la sencillez es la nítida forma de la sinceridad, para honrarla y honrarnos mejor, basta descubrirse, ponerse de pie, sumarse al coro de voces o modular sus frases más dulces para que pase entonces por las almas, como agua que empapa y que deja, a veces, una muestra de emoción en forma de lágrimas”. Es lo que nos sigue repitiendo Clemente Canales Toro en su libro.

Honorato de Balzac

“No sea usted fiel a sus opiniones ni a sus palabras. Cuando alguien se las compre, véndalas. Un hombre que se jacta de no cambiar nunca de opinión, es un hombre que tiene la molestia de tener que andar siempre en línea recta, un imbécil que cree en la infalibilidad.

La ley no castiga a los ladrones sino cuando roban mal”.

El sabio alemán Jean Wolfgang Goethe, repitió innumerables veces que:

“Pensar por pensar no sirve de nada; es menester ser naturalmente bien organizado, de tal suerte, que las buenas ideas se aparezcan exclamando ¿Vednos aquí! Y porque siempre que uno dice a los jóvenes la verdad se indispone con ellos. Después, pasados los años, cuando la han aprendido duramente a sus expensas, creen haberla inventado, y deciden que el maestro es un imbécil”.

         Con estos descubrimientos sobre la mitología de los chilenos, pasa lo mismo. Nadie acepta en principio la verdad porque la dice un extraño, porque culpan que el hombre no ha nacido para resolver el problema del universo, sino para mantenerse dentro de los límites de la inteligible.

Todas las teorías musicales, que es algo tan etéreo, solo para el alma de algunos privilegiados, las comparaciones son grises; solamente está lozano el arte dorado de la vida y la verdad.

En definitiva la Canción Nacional de Chile, ahora llamada con más propiedad Himno Nacional, tiene como verdaderos creadores dos poetas que versificaron el texto, un argentino y un chileno: Vera y Pintado y Eusebio Lillo; y dos músicos: en la melodía el italiano Gaetano Donizetti y en la introducción el alemán Robert Schumann.

Autor entrada: Jorge Aravena Llanca

Jorge Aravena Llanca
Fotógrafo, escritor, investigador y músico pichilemino, que reside actualmente en Berlín, Alemania. Fue profesor de la Universidad Libre de Berlín (del área capitalista). Autor de la famosa tonada "Quiero volver a Pichilemu". Hijo Ilustre de la Comuna de Pichilemu desde 1997.